El Zen y Leonard Cohen
12.02.2025


Eterno resplandor de una mente inmaculada
En 1994, tras cinco lustros de práctica, Leonard Cohen tomó una decisión drástica: ingresar en el Mount Baldy Zen Center, el monasterio de Sasaki ubicado en las montañas de San Gabriel, al norte de Los Ángeles. Tenía sesenta años y, como recordaría años después, se encontraba en pleno bajón: «Tras la gira del disco The Future, caí en picado. Había bebido muchísimo y mi salud estaba tocada. Así que decidí retirarme, cuidarme como nunca lo había hecho. Al fin y al cabo, un monasterio zen es un lugar de rehabilitación para personas desquiciadas por la vida. Por su rigurosa disciplina, los monjes zen son una especie de marines del mundo espiritual».
Sasaki, que llevaba un cuarto de siglo transmitiendo su enseñanza a Cohen, lo recibió con los brazos abiertos y hasta le construyó una pequeña cabaña para él solo. A lo largo de dos años, el maestro sometió a Leonard a un entrenamiento tan intenso como purificador. El cantautor describió así su rutina diaria: «Te levantas a las tres de la mañana, te pasas trece horas meditando y cinco trabajando: cortas verdura, das de comer a las gallinas o limpias lavabos. Me encanta. Es perfecto. No podría ser peor».
Las largas jornadas de meditación se extendían desde las tres y media de la mañana hasta las diez de la noche, aderezadas con frugales comidas que los monjes devoraban en silencio, sentados cada uno en su zafu o cojín de meditación, de espaldas a la pared formando dos líneas rectas, una frente a otra. Vestido, como sus compañeros, con un largo kimono negro tipo túnica, en el templo Cohen era una sombra más que meditaba durante horas en la postura del loto, con las manos en mudra. Prohibido moverse, dormirse o cerrar los ojos. Durante cada sesión, eran vigilados por un monje, que les zurraba en los hombros con una especie de katana de madera llamada kyosaku cuando los veía demasiado tensos o demasiado cansados. Para estirar las piernas, los estudiantes hacían kinhin, es decir, meditaban de pie dando cortos pasitos. Un par de veces al día, cada discípulo se entrevistaba con el maestro para comprobar sus avances con el kôan, pues cada uno de ellos debía resolver de forma intuitiva una frase paradójica tipo: «¿Qué sonido hace una sola mano al aplaudir?».
Lejos de amilanarse ante la prusiana disciplina del templo, Cohen se abandonó a ella, vació su mente y se fue sintiendo cada vez mejor: «Precisamente, lo que me interesaba era rendirme a ese tipo de rutina. No tener que pensar lo que vas a hacer después es un verdadero lujo. Cuando dejas de pensar en ti mismo todo el tiempo, al fin consigues descansar». Cientos de años antes, el maestro Dogen (1200-1253), de la escuela soto zen, describió el sentido de la Vía en términos muy parecidos: «Estudiar el Camino de Buda es estudiarse a sí mismo. Estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo. Olvidarse de sí mismo es ser iluminado por los diez mil dharmas. Ser iluminado por los diez mil dharmas es estar libre del cuerpo-mente de uno mismo y de los de otros. No queda rastro de iluminación, y esta iluminación sin rastro sigue para siempre».
En 1994, tras cinco lustros de práctica, Leonard Cohen tomó una decisión drástica: ingresar en el Mount Baldy Zen Center, el monasterio de Sasaki ubicado en las montañas de San Gabriel, al norte de Los Ángeles. Tenía sesenta años y, como recordaría años después, se encontraba en pleno bajón: «Tras la gira del disco The Future, caí en picado. Había bebido muchísimo y mi salud estaba tocada. Así que decidí retirarme, cuidarme como nunca lo había hecho. Al fin y al cabo, un monasterio zen es un lugar de rehabilitación para personas desquiciadas por la vida. Por su rigurosa disciplina, los monjes zen son una especie de marines del mundo espiritual».
Sasaki, que llevaba un cuarto de siglo transmitiendo su enseñanza a Cohen, lo recibió con los brazos abiertos y hasta le construyó una pequeña cabaña para él solo. A lo largo de dos años, el maestro sometió a Leonard a un entrenamiento tan intenso como purificador. El cantautor describió así su rutina diaria: «Te levantas a las tres de la mañana, te pasas trece horas meditando y cinco trabajando: cortas verdura, das de comer a las gallinas o limpias lavabos. Me encanta. Es perfecto. No podría ser peor».
Las largas jornadas de meditación se extendían desde las tres y media de la mañana hasta las diez de la noche, aderezadas con frugales comidas que los monjes devoraban en silencio, sentados cada uno en su zafu o cojín de meditación, de espaldas a la pared formando dos líneas rectas, una frente a otra. Vestido, como sus compañeros, con un largo kimono negro tipo túnica, en el templo Cohen era una sombra más que meditaba durante horas en la postura del loto, con las manos en mudra. Prohibido moverse, dormirse o cerrar los ojos. Durante cada sesión, eran vigilados por un monje, que les zurraba en los hombros con una especie de katana de madera llamada kyosaku cuando los veía demasiado tensos o demasiado cansados. Para estirar las piernas, los estudiantes hacían kinhin, es decir, meditaban de pie dando cortos pasitos. Un par de veces al día, cada discípulo se entrevistaba con el maestro para comprobar sus avances con el kôan, pues cada uno de ellos debía resolver de forma intuitiva una frase paradójica tipo: «¿Qué sonido hace una sola mano al aplaudir?».
Lejos de amilanarse ante la prusiana disciplina del templo, Cohen se abandonó a ella, vació su mente y se fue sintiendo cada vez mejor: «Precisamente, lo que me interesaba era rendirme a ese tipo de rutina. No tener que pensar lo que vas a hacer después es un verdadero lujo. Cuando dejas de pensar en ti mismo todo el tiempo, al fin consigues descansar». Cientos de años antes, el maestro Dogen (1200-1253), de la escuela soto zen, describió el sentido de la Vía en términos muy parecidos: «Estudiar el Camino de Buda es estudiarse a sí mismo. Estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo. Olvidarse de sí mismo es ser iluminado por los diez mil dharmas. Ser iluminado por los diez mil dharmas es estar libre del cuerpo-mente de uno mismo y de los de otros. No queda rastro de iluminación, y esta iluminación sin rastro sigue para siempre».

Leonard Cohen resumió así la forma en que el zazen fue curando su espíritu: «La meditación no es lo que piensas. Te sientas en absoluto silencio y tu mente empieza a repasar todas tus películas. Durante ese proceso, te vuelves tan familiar con los guiones que mantienes en tu vida que acabas hartándote de ellos. Entonces comprendes que la persona que crees que eres no es más que un complicado guion en el que gastas la mayor parte de tu energía. Tras un examen más minucioso, descubres que tu personalidad te asquea. Y eso es porque en realidad no eres tú. Si te sientes lo suficientemente aterrado por esa personalidad, espontáneamente permites que se desvanezca. Y entonces, si tienes suerte, puedes experimentarte a ti mismo sin la distorsión de esa personalidad».
Este proceso de disolución del ego no impidió que Cohen continuara trabajando, hasta el punto de llegar a componer un buen puñado de canciones mientras meditaba. Como se muestra en el susodicho documental, el músico disponía de un sintetizador en su cabaña para dar forma a los temas.
La ordenación de Leonard Cohen como monje zen tuvo lugar el 9 de agosto de 1996. El maestro Sasaki, que entonces tenía ochenta y nueve años, lo rebautizó con un nombre de dharma «Jikan», que en japonés significa «el silencioso».
Este proceso de disolución del ego no impidió que Cohen continuara trabajando, hasta el punto de llegar a componer un buen puñado de canciones mientras meditaba. Como se muestra en el susodicho documental, el músico disponía de un sintetizador en su cabaña para dar forma a los temas.
La ordenación de Leonard Cohen como monje zen tuvo lugar el 9 de agosto de 1996. El maestro Sasaki, que entonces tenía ochenta y nueve años, lo rebautizó con un nombre de dharma «Jikan», que en japonés significa «el silencioso».

