Dharanis, Sutras y Postraciones en la Práctica del Zen
28.05.2025

Para ayudarnos a despertar a este mundo de Naturaleza-Búdica, los maestros Zen emplean otra modalidad de zazen:
Los cantos de dharanis y sutras. El dharani se ha llegado a describrir como "una cadena de palabras o nombres más o menos sin significado que tienen el "poder mágico" de ayudar al que las repite en 'un momento de necesidad extrema".
Los dharanis, como trasliteraciones fonéticas de palabras sánscritas, sin duda han perdido mucho de su significado profundo por la inevitable alteración de los sonidos originales. Sin embargo cualquiera que los ha recitado durante tiempo considerable sabe que su efecto sobre el espíritu no es insignificante.
Al cantarse con sinceridad y energía imprimen sobre el corazón-mente los nombres y virtudes de Buddhas y Bodhisattvas que enumeran, limpiando los obstáculos para hacer zazen y dando al corazón una actitud de reverencia y devoción. Los dharanis también son una expresión simbólica en forma de sonido y ritmo de la verdad esencial del universo que yace detrás del intelecto discriminativo. Son valiosos igualmente para entrenar la mente, dejar de aferrarse a su modo dualístico de pensar en la medida en que la mente discursiva cese de operar al recitarlos.
El canto de sutras, otra modalidad de zazen, cumple también con otro propósito. Como son las palabras y sermones del Buddha, los sutras de alguna forma ejercen cierto atractivo sobre el intelecto. De modo que para aquellos cuya fe en el Camino del Buddha es superficial, el canto repetido de los sutras eventualmente les da una medida de comprensión, que fortalece la fe en la verdad de las enseñanzas del Buddha.
En otro sentido, el canto de sutras puede compararse a una pintura oriental a tinta, digamos de un pino, donde la mayor parte de la pintura consiste en espacio blanco. Este espacio vacío corresponde a los niveles más profundos de significado de los sutras; más allá de las palabras.
Del mismo modo que en la pintura, nuestra mente toma mayor conciencia del espacio blanco gracias al árbol, al recitar los sutras podemos ser conducidos a la realidad que yace más allá de ellos; a la vacuidad hacia la cual apuntan.
Durante el canto de sutras y dharanis, cada uno de los cuales varía en ritmo, los que cantan pueden estar sentados, de pie, arrodillarse y hacer postraciones o hacer circunvalaciones por el templo.
Con frecuencia la entonación de sutras y dharanis es acompañada por el golpe acompasado del mokugyo, o realzado por la sonora reverberación del keisu. Cuando el corazón y la mente son verdaderamente uno con ellos, esta combinación de cantos y palpitación de los instrumentos puede despertar los sentimientos más profundos y hacer surgir un sentido de conciencia vibrante y elevado. Igualmente estos cantos representan una variedad en lo que podría convertirse una disciplina sombría y rigurosa de Zen sentado sin descanso. En una semana de sesshin muy pocos podrían soportar estar sentados hora tras hora. Aunque no fuese terriblemente difícil, sin duda sería muy aburrido, excepto para los más ardientes. Al ofrecer varios tipos de zazen -es decir sentado, caminando, cantando y haciendo labor manual- los maestros Zen no solamente reducen el riesgo de aburrimiento sino que además aumentan la efectividad de cada sesión de zazen.
Dogen confería gran importancia a las posturas, gestos, movimientos adecuados del cuerpo durante el canto, así como a todas las otras modalidades de zazen, debido a la repercusión que tienen sobre la mente.
De modo que, al cantar Las Cuatro Promesas de rodillas y con las manos en gassho (palma con palma), como se hace en la escuela Soto, se evoca un estado mental de reverencia que se sentirá menos al recitar estas mismas promesas sentado o de pie, como se hace en la escuela Rinzai. De igual manera, al tocar ligeramente los pulgares cuando se está sentado en zazen, se crea un sentimiento de equilibrio y serenidad que no se alcanzaría fácilmente con las manos entrelazadas.
De modo que cada estado mental también provoca en el cuerpo su propia respuesta. El acto de postrarse ante un Buddha sin nociones ególatras solamente es posible bajo el ímpetu de la reverencia y la gratitud. Esta "horizontalización del mástil del ego" limpia el corazón-mente haciéndolo flexible y expansivo, abriendo el camino a la comprension y a la apreciación de la mente exaltada y de las innumerables virtudes del Buddha y los patriarcas. De modo que surge en nosotros un deseo de expresar nuestra gratitud y mostrar nuestro respeto ante sus figuras mediante los rituales apropiados. Cuando se accede a estas devociones de manera espontánea, con una mente no discriminativa, la figura del Buddha cobra vida; lo que antes era sólo una imagen se convierte ahora en una realidad viva con el poder singular de borrar la conciencia del yo y del Buddha en el momento de la postración. En este gesto no pensado nuestra Mente-Bodhi resplandece; nos sentimos refrescados y regenerados.
A la luz de estas observaciones sobre la interacción del cuerpo y mente podemos ahora considerar con mayor detalle las razones por las cuales los maestros Zen siempre han hecho hincapié en una espalda erecta y en la clásica posición de loto. Es bien sabido que una espalda encorvada evita que la mente tenga la tensión adecuada y entonces es invadida rápidamente por pensamientos e imágenes al azar; en contraste, una espalda erecta, al fortalecer la concentración, disminuye la incidencia de pensamientos azarosos y por tanto acelera el samadhi. Así, cuando la mente se libera de las ideas, la espalda tiende a enderezarse sin ningún esfuerzo consciente.
Si la espalda está encorvada, con la consecuente multiplicación de pensamientos, la respiración armoniosa con frecuencia es sustituida por una respiración acelerada y discontinua, dependiendo de la naturaleza de los pensamientos. Esto se refleja rápidamente en tensiones nerviosas y musculares. En estas charlas Yasutani Roshi también hace notar cómo una espalda encorvada mina el vigor y la claridad de la mente induciendo a la fatiga y el aburrimiento.
Esta rectitud de la espalda tan importante y la tensión paralela de la mente son más fáciles de mantener durante largos periodos si las piernas están en una postura de medio loto o de loto completo y cuando la atención se concentra en la región que está justamente debajo del ombligo. Además, ya que el cuerpo es el aspecto material de la mente y la mente el aspecto inmaterial del cuerpo, al unir manos, brazos, pies y piernas en una unidad, en un punto central donde las manos unidas descansan sobre los talones de las piernas entrelazadas, como sucede en postura de flor de loto, se facilita la unificación de la mente. Finalmente, la postura del loto donde las rodillas y el asiento forman una base triangular de gran estabilidad, crea un sentido de arraigo en la tierra junto con un sentimiento de unidad que lo abarca todo, vacío de sensaciones de fuera o dentro. Esto es cierto, sin embargo, sólo cuando puede adaptarse esta posición y mantenerse sin incomodidad.
Por todo esto, el Zen, la personificación de la enseñanza y la práctica esencial del Buddha, ha seguido a través de su larga historia el método del Buddha de sentarse corno la forma más directa y práctica de alcanzar la vacuidad de la mente y en última instancia, la iluminación.
Esto no implica que el zazen no pueda practicarse o que no se llegue a la iluminación a menos de que uno se siente en las posturas de medio loto o loto completo. El zazen de hecho puede ser efectivo incluso en una silla o en un banquillo, de rodillas, siempre y cuando la espalda permanezca erecta. En última instancia, lo que asegura el éxito en la búsqueda de la iluminación, no es una postura en particular sino un intenso deseo de la verdad por la verdad misma, que por sí sola lo lleva a uno a sentarse regularmente en cualquier postura y a realizar los actos de cada día con devoción y con una clara atención. Pero el zazen siempre se ha considerado como una disciplina fundamental del Zen simplemente debido a que la experiencia de siglos demuestra que es la forma más sencilla de acallar la mente y de llevarla a una unidad de concentración de modo que pueda emplearse como un instrumento de autodescubrimiento.
Extracto de Los tres pilares del Zen: Enseñanza, práctica, iluminación. Roshi Philip Kapleau. Tradición Harada-Yasutani.
Los cantos de dharanis y sutras. El dharani se ha llegado a describrir como "una cadena de palabras o nombres más o menos sin significado que tienen el "poder mágico" de ayudar al que las repite en 'un momento de necesidad extrema".
Los dharanis, como trasliteraciones fonéticas de palabras sánscritas, sin duda han perdido mucho de su significado profundo por la inevitable alteración de los sonidos originales. Sin embargo cualquiera que los ha recitado durante tiempo considerable sabe que su efecto sobre el espíritu no es insignificante.
Al cantarse con sinceridad y energía imprimen sobre el corazón-mente los nombres y virtudes de Buddhas y Bodhisattvas que enumeran, limpiando los obstáculos para hacer zazen y dando al corazón una actitud de reverencia y devoción. Los dharanis también son una expresión simbólica en forma de sonido y ritmo de la verdad esencial del universo que yace detrás del intelecto discriminativo. Son valiosos igualmente para entrenar la mente, dejar de aferrarse a su modo dualístico de pensar en la medida en que la mente discursiva cese de operar al recitarlos.
El canto de sutras, otra modalidad de zazen, cumple también con otro propósito. Como son las palabras y sermones del Buddha, los sutras de alguna forma ejercen cierto atractivo sobre el intelecto. De modo que para aquellos cuya fe en el Camino del Buddha es superficial, el canto repetido de los sutras eventualmente les da una medida de comprensión, que fortalece la fe en la verdad de las enseñanzas del Buddha.
En otro sentido, el canto de sutras puede compararse a una pintura oriental a tinta, digamos de un pino, donde la mayor parte de la pintura consiste en espacio blanco. Este espacio vacío corresponde a los niveles más profundos de significado de los sutras; más allá de las palabras.
Del mismo modo que en la pintura, nuestra mente toma mayor conciencia del espacio blanco gracias al árbol, al recitar los sutras podemos ser conducidos a la realidad que yace más allá de ellos; a la vacuidad hacia la cual apuntan.
Durante el canto de sutras y dharanis, cada uno de los cuales varía en ritmo, los que cantan pueden estar sentados, de pie, arrodillarse y hacer postraciones o hacer circunvalaciones por el templo.
Con frecuencia la entonación de sutras y dharanis es acompañada por el golpe acompasado del mokugyo, o realzado por la sonora reverberación del keisu. Cuando el corazón y la mente son verdaderamente uno con ellos, esta combinación de cantos y palpitación de los instrumentos puede despertar los sentimientos más profundos y hacer surgir un sentido de conciencia vibrante y elevado. Igualmente estos cantos representan una variedad en lo que podría convertirse una disciplina sombría y rigurosa de Zen sentado sin descanso. En una semana de sesshin muy pocos podrían soportar estar sentados hora tras hora. Aunque no fuese terriblemente difícil, sin duda sería muy aburrido, excepto para los más ardientes. Al ofrecer varios tipos de zazen -es decir sentado, caminando, cantando y haciendo labor manual- los maestros Zen no solamente reducen el riesgo de aburrimiento sino que además aumentan la efectividad de cada sesión de zazen.
Dogen confería gran importancia a las posturas, gestos, movimientos adecuados del cuerpo durante el canto, así como a todas las otras modalidades de zazen, debido a la repercusión que tienen sobre la mente.
De modo que, al cantar Las Cuatro Promesas de rodillas y con las manos en gassho (palma con palma), como se hace en la escuela Soto, se evoca un estado mental de reverencia que se sentirá menos al recitar estas mismas promesas sentado o de pie, como se hace en la escuela Rinzai. De igual manera, al tocar ligeramente los pulgares cuando se está sentado en zazen, se crea un sentimiento de equilibrio y serenidad que no se alcanzaría fácilmente con las manos entrelazadas.
De modo que cada estado mental también provoca en el cuerpo su propia respuesta. El acto de postrarse ante un Buddha sin nociones ególatras solamente es posible bajo el ímpetu de la reverencia y la gratitud. Esta "horizontalización del mástil del ego" limpia el corazón-mente haciéndolo flexible y expansivo, abriendo el camino a la comprension y a la apreciación de la mente exaltada y de las innumerables virtudes del Buddha y los patriarcas. De modo que surge en nosotros un deseo de expresar nuestra gratitud y mostrar nuestro respeto ante sus figuras mediante los rituales apropiados. Cuando se accede a estas devociones de manera espontánea, con una mente no discriminativa, la figura del Buddha cobra vida; lo que antes era sólo una imagen se convierte ahora en una realidad viva con el poder singular de borrar la conciencia del yo y del Buddha en el momento de la postración. En este gesto no pensado nuestra Mente-Bodhi resplandece; nos sentimos refrescados y regenerados.
A la luz de estas observaciones sobre la interacción del cuerpo y mente podemos ahora considerar con mayor detalle las razones por las cuales los maestros Zen siempre han hecho hincapié en una espalda erecta y en la clásica posición de loto. Es bien sabido que una espalda encorvada evita que la mente tenga la tensión adecuada y entonces es invadida rápidamente por pensamientos e imágenes al azar; en contraste, una espalda erecta, al fortalecer la concentración, disminuye la incidencia de pensamientos azarosos y por tanto acelera el samadhi. Así, cuando la mente se libera de las ideas, la espalda tiende a enderezarse sin ningún esfuerzo consciente.
Si la espalda está encorvada, con la consecuente multiplicación de pensamientos, la respiración armoniosa con frecuencia es sustituida por una respiración acelerada y discontinua, dependiendo de la naturaleza de los pensamientos. Esto se refleja rápidamente en tensiones nerviosas y musculares. En estas charlas Yasutani Roshi también hace notar cómo una espalda encorvada mina el vigor y la claridad de la mente induciendo a la fatiga y el aburrimiento.
Esta rectitud de la espalda tan importante y la tensión paralela de la mente son más fáciles de mantener durante largos periodos si las piernas están en una postura de medio loto o de loto completo y cuando la atención se concentra en la región que está justamente debajo del ombligo. Además, ya que el cuerpo es el aspecto material de la mente y la mente el aspecto inmaterial del cuerpo, al unir manos, brazos, pies y piernas en una unidad, en un punto central donde las manos unidas descansan sobre los talones de las piernas entrelazadas, como sucede en postura de flor de loto, se facilita la unificación de la mente. Finalmente, la postura del loto donde las rodillas y el asiento forman una base triangular de gran estabilidad, crea un sentido de arraigo en la tierra junto con un sentimiento de unidad que lo abarca todo, vacío de sensaciones de fuera o dentro. Esto es cierto, sin embargo, sólo cuando puede adaptarse esta posición y mantenerse sin incomodidad.
Por todo esto, el Zen, la personificación de la enseñanza y la práctica esencial del Buddha, ha seguido a través de su larga historia el método del Buddha de sentarse corno la forma más directa y práctica de alcanzar la vacuidad de la mente y en última instancia, la iluminación.
Esto no implica que el zazen no pueda practicarse o que no se llegue a la iluminación a menos de que uno se siente en las posturas de medio loto o loto completo. El zazen de hecho puede ser efectivo incluso en una silla o en un banquillo, de rodillas, siempre y cuando la espalda permanezca erecta. En última instancia, lo que asegura el éxito en la búsqueda de la iluminación, no es una postura en particular sino un intenso deseo de la verdad por la verdad misma, que por sí sola lo lleva a uno a sentarse regularmente en cualquier postura y a realizar los actos de cada día con devoción y con una clara atención. Pero el zazen siempre se ha considerado como una disciplina fundamental del Zen simplemente debido a que la experiencia de siglos demuestra que es la forma más sencilla de acallar la mente y de llevarla a una unidad de concentración de modo que pueda emplearse como un instrumento de autodescubrimiento.
Extracto de Los tres pilares del Zen: Enseñanza, práctica, iluminación. Roshi Philip Kapleau. Tradición Harada-Yasutani.
